En mayor o menor medida, casi todos lidiamos con la contaminación acústica. Ante la imposibilidad de deshacernos de ella, podemos enseñar a nuestro cerebro a trabajar bajo su incómoda presencia.

 

El enemigo convive con nosotros. Es invisible, aunque en ocasiones resulta tan molesto que nos impide concentrarnos. La contaminación acústica supone la segunda causa de enfermedad por motivo medioambiental, solo por detrás de la atmosférica. 

 

Entre las afecciones que provoca no están solo los problemas auditivos, también destacan el estrés y la ansiedad. Si el ruido no nos permite dormir, se alteran los ritmos biológicos del sueño, lo que deriva en insomnio, cansancio, irritabilidad, reducción del rendimiento y de la capacidad de atención.

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