Las cuatro pipas
“Hace muchos, muchos años, en un poblado indio situado en un profundo valle entre montañas, vivía una pacífica tribu liderada por un jefe sabio y prudente llamado Chíkala. Una mañana, cuando el sol, como una enorme bola roja, se asomaba a dar a todos los buenos días por el horizonte, un miembro de la tribu, de nombre Hanhépiwi, se presentó ante el jefe con un enorme ataque de ira.
-¿Qué te ocurre, buen Hanhépiwi? Descarga en mí lo que perturba tu espíritu- le dijo pausadamente el jefe indio.
-Verás, sabio Chíkala. Mi amigo, mi mejor amigo, con quien compartía las piezas de caza y los secretos más íntimos, me ha ofendido y no me queda otro remedio que darle muerte para que mi alma encuentre sosiego.
-Comprendo tu ira, Hanhépiwi, pero antes de acabar con su vida, toma esta pipa, llénala y fúmatela debajo del anciano árbol de la vida.
Hanhépiwi hizo caso a su jefe: cogió su vieja pipa, se sentó debajo del árbol, la llenó con mucho cuidado y tardó más de una hora en fumársela entera. Cuando terminó su ira se había transformado en humo, dando paso al enfado, y le parecía excesiva la decisión de matar a su amigo; así que se fue a visitar al jefe de nuevo.
-Señor- le dijo-, he estado reflexionando y, aunque la ofensa ha sido grave, pienso que nadie merece la muerte. En lugar de apagar su vida, creo que un buen escarmiento será suficiente. Ahora mismo me iré a buscarlo para darle una zurra y que así no se le ocurra jamás volver a ofenderse.
-Comprendo tu enfado, Hanhépiwi; pero antes de levantar tu mano contra él, toma de nuevo tu pipa, llénala y fúmatela debajo del anciano árbol de la vida.
Hanhépiwi cogió una vez más la pipa, la llenó a la sombra del árbol y se puso a fumar. Cuando todo el tabaco se hubo quemado, su ira se había transformado en humo, dando paso a la indulgencia, y el indio se sentía incapaz de hacerle daño a su amigo, por muy grave que fuese su ofensa.
-Señor de la sabiduría- le dijo a su jefe-, he tenido tiempo para meditar y he llegado a la conclusión de que la amistad es algo muy hermoso como para destruirlo por una nimiedad. Estoy convencido de que lo mejor es que vaya a buscar a mi amigo, le dé un abrazo y los dos olvidemos nuestras disputas.
-También yo sabía desde el principio que esta era la solución más sabia, pero tenía que dejar que fueras tú mismo el que la encontraras. Ahora que por fin la has hallado, toma estas dos pipas y fumáoslas tu amigo y tú bajo el árbol de la vida.
Así lo hicieron. Los dos amigos fumaron juntos a la sombra del anciano árbol y dicen que su amistad se vio tan reforzada que no hubo nada ni nadie que pudiera jamás destruirla.”

En A la sombra de otro amor, Carmen Gil, Algar, 2008

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