Hay dos tipos de catástrofes, las naturales y las espirituales. En Japón ocurrió una catástrofe natural, pero no una catástrofe espiritual. La diferencia es impresionante. 
Por entre las grietas dejadas por el terremoto asomó la entereza de un pueblo admirable. Las aguas arrastraron casas, automóviles, personas, pero las almas permanecieron de pie, inmutables, porque están afirmadas sobre la base de una cultura milenaria educada en principios comunitarios que trascienden a las personas. 
 
Las catástrofes naturales se abaten sobre los pueblos con una pregunta más apremiante que la devastación que provocan. Siempre preguntan: “De qué estás hecho?”  
La respuesta a esa pregunta crucial es lo que en última instancia desnuda un terremoto, un tsunami. No desnuda el armazón de hierro retorcido y madera astillada de viviendas destruidas, ni los chasis estropeados de automóviles revolcados, ni los cuerpos helados de los cadáveres que asoman entre los escombros, desnuda el alma de un pueblo.  Aquello que una fotografía no puede mostrar, es lo que en última instancia más importa en un drama humano, porque permite contemplar si estamos ante una catástrofe natural, o ante una catástrofe espiritual.

Lo que siempre importa es lo que queda en pie. Y cuando lo que queda en pie es la entereza de una nación, entonces lo que la tragedia revela es la luz de su espíritu.
 

Las catástrofes naturales acarrean muchísimo dolor, qué duda cabe, pero las catástrofes espirituales acarrean un dolor aún más grande, indecible, porque suman al dolor natural el sufrimiento antinatural de la indignación, de la
impotencia frente al salvajismo imperdonable de la bajeza humana, cuando existe.  La vergüenza ajena. Uno no puede indignarse con la tierra. Uno no puede indignarse con el mar.
Asi como un koan tiene el poder de hacer trizas la forma de pensar de un individuo, dejando abierta la instancia para la revelación de una humanidad iluminada, así una catástrofe natural tiene el poder de hacer trizas la mente colectiva de una sociedad, dejando a su paso un vacío que será siempre llenado con una respuesta cuya calidad será exactamente la de la naturaleza espiritual de esa sociedad.
 
Esta tragedia que se abatió sobre Japon es como un koan planetario que le ha dicho a Japon: Cual es tu rostro original? Y el rostro que Japon ha mostrado, la respuesta que ha dado, es de una luminosidad deslumbrante para toda la humanidad.
Para Japón sentí la necesidad de componer un humilde haikú, llevado por la admiración y la gratitud hacia el espíritu de este pueblo que nos está dando una lección extraordinaria.
 
El cuenco de té
Quebrado y esparcido,
Cómo huele a té!
 

 de mi amigo Juan Carlos Barrueco. 

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